El auténtico kiter encuentra su propia esencia al deslizarse por el agua hacia la inmensidad del mar, sin la certeza de querer volver.
Pone a prueba sus propios límites para conseguir su primera figura, aún a costa de tragarse 100 litros de agua salada.
Se convierte en uno más pocas horas después de que un desconocido le ayude a levantar el kite.
Se emborracha de playa, bronceado por el sol, refrescado por el agua, agotado por el esfuerzo. Sin límites, ni horarios.
Llega tarde al trabajo, porque ha navegado el día anterior.
Si quieres ser un auténtico kiter, antes de volver a navegar, no te pierdas los diez mandamientos.